Javier ALDAY

 

 

 

 

 

&      DEL NACIMIENTO A LA VEJEZ        &

 

 

 

 

 

Antes de entrar en lo que van a ser propiamente estas reflexiones, Simplicius quiere reivindicar la dignidad de la palabra viejo para designar a las ancianas y ancianos. Le parecen ridículos, esos eufemismos de mayores, tercera edad, etc. Viejo es un hermoso calificativo que denota afecto, que se emplea para ponderar la calidad de los buenos amigos, de los grandes vinos y en algunos países incluso de los padres. Viejo no es solo un sustantivo o un adjetivo, viejo es un título que expresa y ensalza la acrisolada nobleza de los que han llegado a ganarlo, porque ser buen viejo, ser buen vino o ser buen amigo, exigen calidad. Aprecia a los viejos querido lector. En este mundo todos lo somos, los unos porque ya hemos llegado, los otros porque queréis llegar.

 

El ser humano en su paso por este planeta, pasa por sucesivas etapas, cada una de ellas con sus especificidades, positivas unas, negativas otras. Etapas en las que no acaba de ser del todo feliz, ni tampoco ser del todo infeliz.

 

En su primera edad el ser humano es feliz, pero no lo sabe. El poeta romano Virgilio dijo "Que felices serían los campesinos, si supieran que son felices". Y el bebé como los campesinos de Virgilio, no sabe que es feliz.

 

La infancia, la edad de jugar. Nacen la curiosidad, la imaginación, la fantasía y el asombro. La edad en la que se empieza a descubrir la vida. La edad de la inocencia, que no sabe todavía lo que es el dinero. De la espontaneidad. De creer sinceramente en la sinceridad. El tiempo en que el niño disfruta sin saberlas apreciar, de las delicias de la irresponsabilidad, mientras empieza a conocer el respeto y aprende que no puede hacer lo que le da la gana

 

La adolescencia y con ella la primera pubertad. La fase en la que se producen las modificaciones propias del paso de la infancia a la edad adulta. Etapa ambigua y tambaleante, en la que el adolescente no sabe lo que quiere, pero tampoco sabe lo que no quiere. La edad de la resistencia a entrar en el insondable mundo de la responsabilidad. La edad en el que la ingenuidad pierde el terreno que gana el conocimiento y las pasiones ganan el terreno a todo lo demás. La edad del despertar a la maravilla de la sexualidad.

 

La juventud, la edad de la esperanza, del entusiasmo. De grandes, enormes ilusiones y tremendas desilusiones. De conocer la decepción. De convicciones, pero también de dudas e inseguridades. De la audacia, pero también de la timidez. De aprender que el valor se acompaña de la inteligencia y la temeridad de la estupidez. De exageraciones emocionantes. Del nacimiento de la ambición y de empezar a conocer la fuerza del poder. De creer que la utopía es alcanzable. De la plenitud física. La más ahorrada por los viejos.

 

La edad adulta. La de alcanzar la plena conciencia. La de la prudencia. La de aprender que la convivencia, es un "do ut des". La de darse cuenta que los kilómetros se hacen metro a metro y que para hacer las cosas bien, es mejor hacerlas de una en una. De aprender que mejorar lo bueno raramente vale la pena, que además de ser muy difícil, casi siempre es un error. De aprender que es mejor muchos pocos que un mucho. La de la moderación y de la austeridad. La de dar respuestas y convencer. La de la amarga soledad a la hora de tomar decisiones. La de los aciertos y los errores, éxitos y fracasos, pero no darse nunca por vencido. La de superar la adversidad. La de las grandes alegrías y las grandes tristezas. La edad de alcanzar la plena madurez.

 

Porque no todos los humanos maduran, aunque vivan muchos anos. En los humanos como en las frutas, la madurez es un proceso de perfeccionamiento. Es la puerta de acceso a la sabiduría. No todos alcanzan la madurez, ni en un mismo tiempo. Algunos maduran pronto, otros maduran tarde y otros no maduran nunca. Cuantas conductas humanas se comprenderían, mirándolas a través del prisma de la madurez.

 

Por fin la vejez. La venerable vejez, cuya dignidad no se respeta camuflándola con los ridículos calificativos antes mencionados. Con la vejez llega la realización de la madurez para los que han seguido el proceso debidamente. Con la vejez el tiempo adquiere su verdadera dimensión.

 

Con la vejez viene la experiencia, que no se compra, porque solo hay una forma de adquirirla, haber vivido muchos anos con los ojos abiertos y los pies en el suelo. El viejo que ha madurado bien, se adapta, sabe renunciar y convivir serenamente con lo que no puede cambiar. El viejo sabe que la felicidad es una utopía, pero que no por ello hay que dejar de buscarla, porque es camino de progreso. Con la vejez vienen la sabiduría, la conformidad, el equilibrio, el sosiego, la sencillez que supera al dramatismo y la sublimación del erotismo en el amor.

 

También el escepticismo y la melancolía. Y se van la impaciencia, la falsa modestia, la envidia, la ambición y la codicia.

 

La edad en la que se pierde el miedo a hablar cuando se tiene algo que decir. En la que se sabe que no se deben dar consejos, si no han sido pedidos. En la que se sabe que no hay que despertar miedos, preocupaciones, inquietudes o problemas, donde no los hay. En la que el orgullo se cementa en razones nobles y virtuosas y no en la arrogancia. En la que se sabe que el resentimiento es el mayor enemigo de la razón. La edad en la que el confort pasa por encima de la estética. La edad en la que te percatas, que los que parece que saben mucho, no suelen saber nada y que los que parece que no saben nada, pueden saber mucho. La edad en la que la importancia, deja de tener importancia y solemnidad conjuga con ridiculez. En la que no se tiene tiempo de tener prisa. En la que el silencio se escucha. En la que se sabe que la estridencia arma mucho ruido, pero no permanece. En la que se aprecia la bondad como la cualidad suprema del ser humano y el amor no pide contrapartidas. En la que se sabe que la generosidad, da más al que da, que al que recibe. La edad de perdonar y olvidar. La edad de no enfadarse en balde. La edad en la que se aprecia en todo su valor la frescura de un niño. La edad en la que se sabe que la codicia es la gran enemiga de la sabiduría y que cuando se tiene lo suficiente para vivir con dignidad, el resto sobra e incluso estorba y que por muchos pantalones que se tenga en el armario, solo se tiene un culo para tapar.

 

Algunos reputados autores opinan que los viejos que hemos aguantado, solemos padecer danos colaterales al paso del calendario:

 

Cuando empezamos a pasar más tiempo entre médicos y boticas que en la taberna.

 

Cuando empezamos a parecernos que el suelo esta muy lejos y que todo el mundo habla cada vez bajo.

 

Cuando perdiendo el equilibrio sintiendo que nos caemos, nos dejamos caer porque intuimos que nos vamos a hacer menos daño en la caída, que en el intento de recuperar el equilibrio.

 

Cuando, lo que despierta más nuestro interés en los periódicos son las esquelas y en estas lo primera que miramos es la edad del protagonista.

 

Cuando, encontrándonos con alguien en la calle, que nos saluda con el protocolario "qué tal esté usted?", no sabemos que contestar sin perdernos en largas explicaciones.

 

Cuando, nuestro sistema capilar se descontrola y se nos pelan los lugares naturales y en su lugar salen pelitos monísimos en los morritos femeninos y pelos como alambres en los agujeros de las narices y de las orejas masculinos.

 

Cuando, nos parece que subir al Everest, tiene que ser mes fácil que ponernos los calcetines o las medias.

 

Cuando empezamos a encontrar cada vez más dificultad, en encontrar la buena postura para hacer el amor.

 

Cuando, ya no nos atrevemos a cerrar con pestillo la puerta del baño, aún a riesgo de que nos sorprendan en desairada postura.

 

Cuando, pasamos de mear a presión, a mear por gravedad.

 

Cuando las únicas subidas que experimenta ya nuestro organismo, vienen por la vía del azúcar, del colesterol o del ácido úrico.

 

Superando lo anterior, si queremos alcanzar la vejez sin conocer la decrepitud, nunca ni por nada debemos de dejar de cuidarnos física y mentalmente. Sobre todo no debemos nunca de dejar de interesarnos por la vida, por nuestro entorno, por seguir aprendiendo sin dejar de dudar. Debemos mantener viva la curiosidad. El día en el que dejemos de hacer o hacernos preguntas, estamos ya listos para aparecer en el periódico, orlados de negro.

 

           Y si a pesar de todo lo expuesto, el lector no quiere ser viejo, hay un medio para evitarlo, pero no se lo aconsejo.

 

Llegado el final de estas reflexiones, Simplicius agradece al Señor, haberle permitido alcanzar la vejez, una buena vejez de la que disfruta gozosa y placenteramente y ya confortablemente instalado en los ochenta, en un postrer intento de ganar puntos, esta pensando seriamente en hacer el voto de castidad.

 

           Y ahora querido lector te tengo que dejar, porque mi reloj biológico me esta marcando la hora de ir a tomar un txakoli.